He visitado un lugar de miedo. Una casa situada cerca de Toledo, en el municipio de San Martín de Montalbán, en la que se organizan fines de semana terroríficos. En ella, se lleva a cabo un espectáculo en el que se pasa prácticamente toda la noche con las emociones a flor de piel.

Durante el transcurso de la actividad, si te dejas sumergir por la ambientación, hay momentos en los que se pasa mucho miedo, por lo que se hace difícil gestionar las emociones adecuadamente. Como si de una prueba de la CIA se tratase, te privan del sueño y la carga cognitiva se apodera de tu mente. A causa del terror y la tensión, tus reacciones se vuelven impulsivas, ves fantasmas donde no los hay y el progresivo cansancio dificulta tu razonamiento, lo que contribuye a seguir pasando miedo e incluso a desconfiar de tus propios compañeros. Sin embargo, cuando vives situaciones en las que crees temer por tu vida, se activa en el cerebro la zona de la amígdala y la reacción reptiliana toma posesión de tu cuerpo. A consecuencia de ello, en el momento en el que crees no poder más a causa del miedo que estás sintiendo, de que tu cuerpo ya no da más de sí y de que tus piernas parecen no responder a tu deseo impulsivo de correr desesperadamente, te invade una grandeza dentro de ti que te hace correr todavía más. Sin ser consciente de cómo lo haces, coges mayor velocidad y consigues que la adrenalina te haga escapar de ese peligro.

Me pareció muy curioso experimentar en mis propias carnes esa evolución anímica (sí, soy consciente de que debo mejorar mi inteligencia emocional, pero darme cuenta por mí misma de este proceso neuroemocional me parece un buen comienzo). Es decir, sentir que cuando creía que no era capaz de correr más e irracionalmente estaba temiendo por mi integridad, de pronto, a causa de ese miedo que me invadía, mis piernas cogieran impulso y pareciese que iban solas me resultó asombroso. Llegué a sentirme como si volara.

Debido a mi profesión, puedo vivir situaciones insólitas, pero no suelo encontrarme en entornos hostiles. Sin embargo, esa noche pude sentir, en mi propia piel, cómo se generan, se sienten y se proyectan muchas de las emociones que suelo abordar en mis conferencias.

Como muchas veces digo, cada persona tiene su propia personalidad y, por ello, cada individuo siente las vivencias a su manera y no tiene por qué expresar las emociones de la misma forma que los demás. Y precisamente, este fin de semana, he corroborado que, aun siendo las expresiones faciales muy parecidas entre todos los participantes, su forma de gestionar las emociones derivadas de esta experiencia (incertidumbre, sorpresa, miedo, asco, rabia, angustia, desprecio, ira) era muy distinta.

Suele ocurrir que en situaciones donde las emociones están tan palpitantes, aunque se quiera mantener la compostura, lo habitual es que éstas se contagien al resto del grupo. El temor, los nervios, la angustia y la sorpresa se propagan como un virus incontrolable que afecta a todo el que está alrededor. Por eso, durante la actividad, puedes distinguir, según la inteligencia emocional de cada uno de los participantes, las diferentes formas de gestionarla según las situaciones que se les plantean.

Por un lado, están los emocionalmente expresivos, que son aquellos que no tienen pudor en mostrar sus emociones ante la debilidad que sienten frente a una situación extrema, ya no solo facialmente, sino verbal y acústicamente. Se les reconoce rápido. Son los que más chillan.

Por otro lado, tenemos a los emocionalmente reprimidos, que son aquellos que ves en sus caras la expresión de sufrimiento, pero intentan disimularla. Están erguidos, paralizados e incluso puede que hagan algún chiste para rebajar la tensión interior que sienten. Algunos de ellos, adoptan una postura de dureza o incluso dejan la actividad a medias replicando que eso no va con ellos, aunque lo que quieren realmente es dejar de sentir esa angustia. En definitiva, estas personas harán que sus lágrimas regresen a sus ojos antes de mostrar su debilidad.

Para finalizar, los emocionalmente preparados son aquellos que, aun estando todos sus compañeros aterrados y con la cara desencajada de miedo, consiguen tener la mente fría. Ni el ruido más estridente les hace levantar de la silla, ni el grito más estremecedor les hace mostrar una expresión de inquietud. Dicho de otra manera, estas personas han nacido preparadas.

En definitiva, me ha fascinado esta actividad, cómo los organizadores gestionan las emociones de los participantes, cómo saben trabajar las reacciones de cada uno y cómo introducen diferentes estados anímicos para que la actividad sea a gusto de todos. Claramente, estos actores tienen mucha inteligencia emocional.

¿Serías capaz de superar una prueba de tan alto nivel? ¿Cómo crees que gestionarías tú tus emociones? ¿Tienes miedo a poner tu inteligencia emocional a prueba? Ven a uno de nuestros cursos, contacta con nosotros y obtén una instrucción de miedo…

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